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Radix Education: ser maíz, no roble

  • 21 ago
  • 5 min de lectura

Frente a un sistema educativo que muchas veces intenta aplicar las mismas respuestas a realidades distintas, Raúl Carlín reflexiona sobre la necesidad de escuchar, adaptarse al territorio y construir modelos educativos capaces de echar raíces en cada comunidad.


«Amigos míos, retened esto: no hay malas hierbas ni hombres malos.

No hay más que malos cultivadores».

—Víctor Hugo


Hay dos maneras en que una planta puede sostenerse en la tierra. La primera es la raíz pivotante: un solo eje grueso que desciende verticalmente, buscando agua a gran profundidad, del que apenas se desprenden ramificaciones secundarias. Es la raíz del roble: imponente, sólida, pero condenada a morir entera si falla ese único punto del que depende toda su vida. La segunda es la raíz fibrosa: una maraña de raíces delgadas que se extienden en todas direcciones desde la base del tallo, cada una explorando un suelo, una humedad, un nutriente distinto. Es la raíz del maíz, la que ha alimentado a este país durante siglos porque nunca apostó su vida entera a un solo punto de la tierra.


Radix, en latín, quiere decir raíz. No especifica cuál. En esa ambigüedad está cifrada la pregunta que debería hacerse cualquiera que diseña un sistema educativo: ¿a qué raíz nos parecemos y a cuál deberíamos parecernos?


El sistema educativo —el nuestro, el mexicano, el latinoamericano— lleva demasiado tiempo comportándose como un roble. Un solo modelo pedagógico, pensado para un solo tipo de estudiante, aplicado por igual en Tijuana que en la Ciudad de México, en un preescolar comunitario de Oaxaca que en una universidad de Monterrey. Y cuando ese único eje encuentra roca —una comunidad indígena que no cabe en el currículo nacional, una niña migrante que llegó ayer de Honduras, un docente que da clases sin conectividad—, el sistema no se dobla ni se adapta: se quiebra y, con él, la posibilidad de que esa niña, ese docente, esa comunidad tengan una educación contextualizada y de calidad.


En Radix Education nos negamos deliberadamente a ser roble. Esa decisión se traduce así: un lunes cualquiera, en Tijuana, una educadora de nuestro programa Educación para Niñas y Niños Migrantes implementa sesiones de estimulación temprana para quienes acaban de cruzar la frontera; en la Sierra Mixe de Oaxaca, un grupo de mujeres de nuestro programa de emprendimiento femenil revisa los estados financieros de su propio negocio de conservas, sintiendo quizá por primera vez que ese dinero les pertenece a ellas. El mismo lunes, en Altamira, Tamaulipas, cincuenta estudiantes de bachillerato de nuestro programa IA con Impacto afinan un proyecto comunitario con inteligencia artificial, convencidos —porque nos empeñamos en convencerlos— de que su liderazgo puede definir el futuro de su comunidad. Ninguna de estas personas se conoce entre sí. Pero todas construyen un aprendizaje nuevo gracias a que alguna raíz nuestra llegó hasta donde ellas estaban.


Ese aprendizaje es presencial en un salón de Tampico, donde nuestro programa Escuelas que Aprenden abate el rezago educativo en Tamaulipas. Es síncrono en aulas de Monterrey, donde nuestro programa Eduderechos promueve entre los docentes una perspectiva de derechos humanos. Es asíncrono en comunidades de todo México, donde nuestra Maestría en Liderazgo y Educación enseña a instrumentar un proyecto aplicativo de alto impacto.


Llega a un estudiante, una madre de familia, un docente, un directivo, un funcionario público, un voluntario. No hay una sola de estas raíces que podamos permitirnos perder, porque cada una sostiene a alguien que las demás no alcanzan.


No siempre supimos ramificarnos bien, y sería deshonesto contar solo la parte que nos enorgullece. Cuando empezamos a trabajar con las mujeres de la Sierra Mixe, llegamos con un programa de educación financiera diseñado desde la ciudad: conceptos, hojas de cálculo, metas de ahorro. La tierra opuso resistencia, y con razón: las mujeres no necesitaban solo aprender a hacer cuentas, sino un espacio donde hablar de autonomía, de violencia de género, de lo que significa tener control sobre el propio cuerpo y el propio negocio a la vez. Tuvimos que desenterrar el diseño original y volver a sembrar, esta vez escuchando antes de proponer. Hoy son más de quinientas mujeres en diez comunidades las que sostienen ese tramo de la raíz. Algo parecido nos exigió la pandemia: de esa urgencia, no de una estrategia calculada de antemano, nació buena parte de nuestra oferta asíncrona.


Tampoco lo hemos resuelto todo. El suelo más terco es el del tiempo: los ciclos de financiamiento de un proyecto —normalmente de doce meses— casi nunca coinciden con los tiempos reales en que una raíz tarda en afianzarse en tierra nueva, y discrepamos, a veces, con la exigencia de resultados inmediatos donde el primer logro real es apenas que una comunidad vuelva a confiar en que un proyecto externo no llegará a remover la tierra y desaparecer. Eso produce otro desafío: medir con precisión lo que más importa. Podemos contar cuántos docentes capacitamos —más de mil solo en Tamaulipas— o cuántas niñas y niños migrantes recibieron atención en las fronteras norte y sur. Lo que ninguna cifra captura en proyectos cortos es si esa adolescente migrante reinsertada en una escuela de Tijuana se queda hasta graduarse, si esa mujer mixe deja de depender económicamente de una relación que le hace daño, si ese estudiante que usó inteligencia artificial para diseñar un proyecto ambiental sigue creyendo, años después, que puede cambiar algo en su comunidad. Sin esas respuestas, cualquier informe de impacto es apenas una fotografía parcial de la realidad.


Aun así, seguimos sembrando en tierra nueva: postulando proyectos que no sabemos si germinarán, tocando puertas de comunidades que aún no nos conocen. Ninguno de estos brotes se parece al otro, pero ninguno podría sostenerse sin los demás: es la misma planta, alimentada por raíces que no comparten dirección, pero sí origen.


Un sistema radicular fibroso resiste mejor la sequía, la erosión y el suelo pobre por no depender de un solo eje. Nosotros preferimos creer que resiste, sobre todo, el olvido: el de una niña migrante, una mujer mixe, un estudiante de bachillerato, a quienes la educación mexicana, hasta ahora, a veces ha pasado de largo.


Y mientras eso siga sucediendo, en Radix Education seguimos —y seguiremos— siendo maíz y negándonos a ser roble.


Acerca del autor  

Como Directora Académica de la Maestría en Liderazgo y Educación, Arandi asegura que cada materia rete a los estudiantes a innovar en sus comunidades educativas para desarrollar en ellos y sus estudiantes un pensamiento de diseño emergente para atender las problemáticas del presente y futuro, crea un programa académico integral que fomente el desarrollo de líderes educativos listos para enfrentar desafíos contemporáneos y garantiza la coherencia y sinergia entre todas las materias, asegurando su actualización y complementariedad.





Referencias  

  • Vázquez, A., (2013). Interdependencia entre el Liderazgo Transformacional, Cultura Organizacional y Cambio Educativo: Una Reflexión. REICE. Revista Iberoamericana sobre Calidad, Eficacia y Cambio en Educación, 11(1), 73-91.

  • Gabarro, D., (2015) “Liderazgo Consciente”. Boira Editoriales

 
 
 

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